Todo comenzó hace 28 años cuando me preparaba para entrar a la preparatoria, estaba muy entusiasmada porque iba hacer nuevos amigos, me tocó el turno de tarde, aunque fue muy raro ese día al entrar al salón de clase, ya que no habiamos muchas mujeres, solo éramos tres, las otras dos chicas inmediatamente se juntaron y congeniaron, quizá ya se conocían, de tal modo que ese día no encajé con ellas, pero si con tres chicos que se sentaron junto a mí, uno de ellos me gustó mucho, que hasta sentí que mi cara explotaba de lo roja que se puso cuando el chico en cuestión se sentó a lado mío, me miró y sonrio, yo hasta trataba de no respirar ya que aceleró mi corazón, a partir de ahí y hasta el final ellos tres fueron mis amigos de preparatoria.
Es muy común que cuando empiezas en una escuela, en un ciclo escolar nuevo, comiences a identificar a los chicos que han llamado tu atención y te empiecen a gustar, a mi fue ése el que me gustó, desde que lo ví dije ¡wow! era alto, guapo, moreno, delgado, parecía que se mantenía en forma, con un bigote medio extraño pero que lo hacía resaltar del resto, cabello lacio y negro, una sonrisa hermosa y unas pestañas largas, muy bonitas, se llamaba Paul.
Mi hombre ideal siempre fue alguien moreno, de pelo lacio, alto y que me llevara por lo menos dos o más años de edad y este chico cumplía casi todos los requisitos, aparte que era muy amigable y gracioso, sin embargo, él también ya había identificado a la chica que había llamado su atención, sólo que ella iba en otro grupo, lo veía emocionarse cada que ella pasaba por el corredor. Pasaron las semanas y seguíamos llevándonos muy bien, pero no había nada que hacer ahí porque su corazón ya le pertenecía a esa tal Lupe, claro aunque ella no lo supiera, así como yo sentía que mi corazón ya le pertenecía a él y tampoco él lo sabía.
Aveces en plena clase, mientas escribíamos apuntes, paraba en seco y miraba a todo el resto de mis compañeros para ver si podía gustarme alguien más con las características que a mí me atraían, pero no había nadie así, un día, me di cuenta que alguien me miraba y cuando sus ojos se cruzaron con los míos rápidamente bajó la mirada y siguió escribiendo, obvio este chico no encajaba con mis gustos, el era blanco, medio alto y probablemente más chico que yo.
Siguieron pasando los días y en uno de esos, el chico blanco y medio alto de nombre Iram, empezó a sentarse junto a mí, cerca de la puerta, el lugar donde estábamos los que queríamos salir más rápido del salón de clases, poco a poco en cada clase comenzábamos a platicar, jugar, dibujar, pasarnos la tarea, preguntarnos cosas sin sentido, en fin, empezamos a convivir un poco más, era muy agradable y gracioso, pero seguía sin gustarme.
En menos tiempo del esperado ya nos llevábamos de maravilla, aunque Iram ya tenía su propio grupo de amigos y yo el mío, en hora de clases él y yo convivíamos más, a tal grado que los maestros no nos aguantaban porque era sólo risas y chistes y nos corrían de la clase y nosotros encantados de salirnos para seguir en el chisme, cuando mejor nos iba, sólo nos llamaban la atención o nos ponían tarea extra, en mi experiencia me han tocado amigos hombres que son más honestos, sinceros, protectores, cero hipócritas y cero envidiosos a comparación de mis amigas mujeres.
A mí aún me seguía gustando Paul, el chico que me llamó la atención en un principio, en la hora de descansos compartía tiempo con él y con otros dos amigos, en ocasiones, después de clase, me quedaba a verlos en sus entrenamientos de básquet, deporte que jugaba y disfrutaba yo mucho. Para ese entonces, Paul ya hasta le hablaba en plan de amigos a la chica que le gustaba, la tal Lupe, e iba con todo porque ella fuera su novia, entonces mi corazoncito ya se volvia a desilusionar.
A lado de la cancha de básquet estaba la cancha de fútbol sólo la dividían unas gradas pequeñas y me gustaba sentarme en la grada más alta para apreciar mejor el partido, en la cancha de fútbol entrenaba Iram, el otro chico con el que me llevaba ya bien, aunque no me gustaba el fútbol, de pronto volteaba a mirar un poco, él hacía que los partidos fueran emocionantes, ya que era realmente bueno metiendo goles y los festejaba a lo grande y cada que lo hacía me volteaba a ver, un día me reclamó en plan de broma que porque yo solo iba a los partidos del chico que jugaba básquet, que porque no lo iba a ver a él al fútbol, no le dije nada, cómo le iba a decir qué estaba ahí para mirar más tiempo a Paul, mi amor platónico, tuve miedo que le pudiera decir...
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